Había una vez una abeja que, además de trabajar, cavilaba mucho sobre divinidades y simplezas.
Volaba un día la abeja trabajadora, buscando flores abiertas y bonitas para llevar polen y néctar a su panal, cuando la lluvia la sorprendió absorta en sus pensamientos. La detuvo en su búsqueda, pues los bichos no pueden volar con las alas mojadas, y cayó en picada por lo empapadas que estaban.
No te apures, que no se lastimó. Es sorprendente la resistencia de los insectos.
Una vez a resguardo, aunque sus alas estaban imposibilitadas para levantar el peso de su cuerpo, el vuelo de sus pensamientos comenzó a elevarse.
Las gotas que caían del cielo dieron dirección al revoloteo de preguntas en su cabeza:
¿Por qué llueve? ¿De dónde viene el agua que cae del cielo? ¿Por qué baja en vez de subir? ¿La envía alguien? ¿Adónde va?
En ese preciso instante pasaba un venado majestuoso y elegante, quien también buscó refugio de la lluvia, que se había convertido en diluvio. Zumbando, la abeja reveló su asombro, pues, más que un animal, parecía un dios que bajaba del sol a la tierra.
—¿Será él quien vacía el agua y hace llover? —murmuró.
Para su sorpresa, el venado le respondió:
—Pequeña gotita de sol con bandas negras, no soy responsable de la lluvia. Yo también busco resguardo.
—¿Me puedes entender? ¡Es asombroso! No puedo creerlo. Me siento realmente deslumbrada. ¿Cómo es posible? Ni mis hermanas pueden comprender mis zumbidos. ¿Tienes poderes sobrenaturales? ¿Entiendes a todos los animales? ¿Puedes acaso leer la mente? ¡Y yo también te entiendo a ti! ¿Cómo es esto posible? ¿Estamos hablando en tu idioma o en el mío? ¿O será que esta cueva es mágica? A ver si no me pegué muy fuerte en la cabeza y estoy alucinando.
—Sí, estamos hablando. No es una visión de tus ojos ni una broma de tu cerebro.
—¿Cuántos días tienes? ¿O serán meses? ¿Años? Nosotras, las abejas, vivimos pocos meses. Yo acabo de cumplir un mes y me siento muy feliz por haberme convertido en abeja pecoreadora. Es el trabajo más bello que he hecho. Es divino volar en busca de flores. Entonces, ¿qué edad tienes?
—Que te baste saber que soy muy viejo. Tengo más años de los que puedas imaginar. Pero haber crecido y ser tan longevo no significa que no me guste jugar.
Respondió a su bombardeo de preguntas con un brillo en los ojos que mostraba su vivacidad.
—¿Jugar? ¿Qué es jugar?
—Jugar es hacer algo que te gusta mucho.
—¿Como trabajar? A nosotras nos encanta trabajar.
—Ajá, algo así. Solo que creo que no me expliqué muy bien. Voy a intentarlo otra vez. A ver, ¿lo haces por las puras ganas de pasarla bien, sin la intención de producir algo? Ustedes producen miel, por ejemplo. Recolectan néctar con el objetivo de elaborarla. No lo hacen nada más porque sea divertido.
—¿Divertido? Ay, amigo venado, utilizas palabras que no entiendo.
—Mira, te lo voy a enseñar con un ejemplo.
Ipso facto, el venado disminuyó su tamaño hasta convertirse en un insecto. Su cuerpo tomó los colores amarillo y negro, le crecieron unas alas transparentes, sus patas se hicieron más pequeñas y su cornamenta se tornó invisible.
—¡Atrápame si puedes!
La abeja solo tuvo tiempo de balbucear nuevas inquietudes, pues de volada comenzaron las maniobras. ¿O serían aliobras? El venado volaba como si lo hubiera hecho durante toda su vida.
La abeja, nuevamente, no cabía en su asombro. Sus cuestionamientos ni siquiera llegaron a formularse, pues comenzó el vuelo más inusual que te puedas imaginar.
Moviéndose con gran agilidad, el venado volaba en zigzag entre los árboles y la abeja repetía sus movimientos, mientras ambos sorteaban toda clase de obstáculos. No había tiempo para dudar.
Una rama torcida por la derecha; inmediatamente, hacia la izquierda. Enseguida, un árbol gigantesco: pasaron por en medio, a través de un hueco que lo atravesaba.
Arriba, izquierda, abajo, derecha, en medio… El orden se alteraba según la situación. Sortearon una gran piedra y se dirigieron hacia el cielo. Siguieron subiendo hasta encontrarse por encima de los árboles más altos.
De repente, el venado vivaz dio un vuelco y, a toda velocidad, cambió su dirección hacia abajo. Cuando estaba a punto de estamparse contra la tierra, levantó el cuerpo y rozó con sus patas las flores que crecían en aquel claro del bosque. Finalmente, aterrizó sobre una de ellas y soltó una carcajada.
La abeja, contagiada, se rio también.
—¡Eso fue un juego muy divertido! A ver si entendí… La cabeza me da vueltas y no sé por dónde empezar. Son tantas cosas nuevas.
—Comienza por el principio. Cierra los ojos y busca en tu corazón las emociones y, en tu mente, las palabras para describirlas.
La abeja cerró los ojos e intentó recrear lo vivido. Estas fueron las palabras que salieron de su boca:
—Al principio quedé maravillada cuando cambiaste de tamaño hasta llegar al mío y comenzaste a volar. De la sorpresa y la maravilla pasé a la tensión para evitar chocar. Mientras volábamos, me sentía tan viva… Debo admitir que nunca había volado tan alto.
»Ese segundo que estuvimos arriba fue divino. Pero, cuando volaste hacia abajo a toda velocidad, sentí que me faltaban las fuerzas, que respiraba demasiado rápido, que mi corazón latía tan deprisa y que algo malo iba a pasar. Bajamos tan velozmente que pensé que nos estrellaríamos, que íbamos a quedar embarrados contra la tierra.
»Y después terminamos en una flor, la belleza más sublime de la naturaleza.
—Eso que sentiste se llama miedo.
—¿Miedo?
—El miedo es una emoción que nos advierte y nos prepara para lo que pueda suceder. Es muy útil cuando se acerca un peligro. Otras veces, cuando nos enfrentamos a algo nuevo, a algo que no conocemos, tenemos esa sensación que también describiste: que te faltan las fuerzas, que respiras muy rápido, que el corazón late muy fuerte y que algo malo va a suceder.
»Y dime, ¿qué pasó con tu miedo? ¿Adónde se fue?
—¡Desapareció! Se esfumó, se evaporó como las gotas de rocío con el calor del sol.
—Pero no fue el sol quien evaporó tu miedo. Adivina quién fue.
Al ver que la abeja, que hablaba tanto, se quedaba callada, añadió:
—¡Tú venciste el miedo! ¡Lo venciste transformándolo en valor! ¡Fuiste muy valiente!
—¡La verdad es que se siente muy bien! ¿Es parte del juego tener miedo?
—No, es un extremo. Es raro sentir miedo cuando juegas. Tú lo sentiste por tu forma particular de ser, porque te da miedo la altura y te provocó vértigo el vuelo libre hacia abajo. Cada quien tiene miedos diferentes e individuales; es decir, son relativos y subjetivos. Aunque puede ser que todos los animales de un mismo tipo tengan miedos similares.
»Lo que sí es cierto es que, tanto cuando tienes miedo como cuando te emocionas mucho jugando, liberas adrenalina.
—Mmm… —dijo la abeja, pensativa—. Entonces sí tienen algo en común.
—¿Entendiste qué es jugar?
—¡Sí! Y también qué es divertirse. Nosotras, cuando somos larvas, nos dedicamos a engordar y engordar, y a crecer y crecer, para después convertirnos en pupas encerradas en nuestras celdas y, finalmente, eclosionar convertidas en abejas. Nosotras no jugamos. Desde que somos abejas, trabajamos. ¿Sabes?
Entonces susurró, como si estuviera a punto de revelar un secreto:
—Creo que algunos humanos se están convirtiendo en insectos.
El venado no respondió. Solo puso una cara de mucha curiosidad e intriga, pues sabía que los humanos eran mamíferos, igual que él.
—Como voy a cosechar néctar de muchas, muchísimas flores, también visito las ciudades, pues todavía hay muchos parques, algunos muy vastos. Bueno, esa es otra historia. En los panales de las personas también hay flores. Les encantan, sobre todo a las mujeres.
»Ah, pero nosotras, las abejas, no somos de su agrado. Buscan apachurrarnos con lo primero que encuentran. Una vez, cuando volaba por…
—Ejem… ¿Ibas a contarme tu teoría de que los humanos se están convirtiendo en insectos?
—¡Ah, sí! Perdón. Cuando voy por néctar a los panales de los humanos, veo a niños sentados frente a un rectángulo. Como nosotras cuando somos larvas, engordan y engordan.
»Bueno, ellos sí se mueven. Nosotras nos quedamos dentro de la celda hasta vivir la metamorfosis. Cuando ya tenemos alas y este hermoso cuerpo que ves, trabajamos, trabajamos y trabajamos.
»Pero me encantaría que mis hermanas pudieran entenderme y poder entenderlas a ellas. No platicamos, solo hacemos “bzzz” por aquí y “bzzz” por allá. Ah, bueno, y también están los bailes.
—Estás divagando otra vez, ¿verdad?
El venado asintió.
—Ven. Ahora yo te llevaré a una aventura por los panales de los humanos para que veas a quienes pienso que se están convirtiendo en insectos.
Alzaron sus respectivos cuerpos y, en poco tiempo, llegaron a la ciudad. Se asomaron por una ventana y divisaron a unos niños obesos sentados frente al televisor, con sus botellas de refresco y sus papas fritas, sin moverse del sofá en lo absoluto.
—Lo único que mueven son los brazos, la boca y la mandíbula. Y pasan horas y horas en la misma posición. Una vez estuve polinizando las flores de un balcón —y créeme que eran muchas— y no se movieron durante todo ese tiempo.
»Ven, vamos a otra casa.
Volaron hacia otra ventana y esta vez entraron, pues estaba abierta.
—Mira, esos se mueven todavía menos. Solo mueven los dedos. Por eso pienso que se están transformando en insectos. No juegan, como me enseñaste. ¿Tú qué opinas?
—¡Cuidado!
Estaban a punto de ser apachurrados con un matamoscas, pero, ante la exclamación del venado, huyeron en desbandada.
Cuando su vuelo volvió a ser tranquilo, la abeja llevó al venado hasta un parque desde donde se veía el atardecer.
—¡Ay! —suspiró—. Me gustaría vivir aquí.
—Es bonito. ¿Estarías dispuesta a dejar el panal y a tus hermanas?
—Sí. Me gustaría probar algo diferente, algo nuevo.
El venado volvió a hacer su magia y ambos se convirtieron en humanos.
Él, esbelto y elegante.
Ella, un poco regordeta, pero hermosa.
¿Cómo lo sé?
Ellos eran mis papás.